mayo 2012


 
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Biografía
De madre asturiana y padre catalán, nací en Barcelona el 31 de julio de 1988 en Barcelona.

Dicen que Barcelona es una de las ciudades con más árboles y zonas verdes de Europa, o al menos eso es lo que me decían mis padres cuando salíamos a pasear o cuando me llevaban a jugar al Parque del niño del Aro con mi hermana. Un trayecto de 20 minutos, posiblemente en aquel tiempo un poquito más, donde pasábamos por calles flanqueadas por viejos plataneros y esbeltos ginkgos, donde podíamos hacer volar nuestra imaginación pasando por el camino del indio. Un camino hacia el Turó de la Rovira, justo encima de casa. Primero sube para ofrecernos una vista panorámica de toda Barcelona y después baja para mezclarse con los arbustos y la pinaza y llevarnos directos al parque.

Cuando tenía 3 años mis padres empezaron a veranear en el pueblo de Farrera, en el Pallars Sobirà. Allí fue donde di mis primeros pasos por la montaña, junto con mi hermana y otros niños. Pasos por la orilla de ríos embarrados y tumultuosos y entre prados de hierba alta, donde a lo largo de muchos fines de semana, de vacaciones y de veranos enteros fui descubriendo rincones y más rincones e infinidad de juegos que la naturaleza escondía.
La curiosidad y la impaciencia siempre han sido dos de mis grandes cualidades. Al contrario que mi hermana. Es curioso, que a pesar de haber recibido la misma educación, nuestros gustos y caminos hayan sido tan diferentes. Un modelo a imitar, un espejo donde ver los defectos, una muleta para poder caminar, un trampolín para saltar. Y es que una es Leo y la otra Sagitario, siempre nos ha gustado la diferencia. Una, el nervio puro, el fuego, la otra el perfeccionismo, una balsa de aceite. Una es acción, pasión, ambición, la otra es estrategia, inteligencia, paciencia, conformidad. Parecemos dos personas antagónicas pero dicen que los extremos se parecen: siempre nos ha gustado hacer las cosas bien.

Yo siempre decía que "un lago es un lago y cuando has visto uno los has visto todos", pero a pesar de mi rebeldía seguía saliendo a la montaña con mis padres y mi hermana y los amigos de mis padres, poniéndome a prueba yo, retándoles a ellos, coronando algunas cimas, visitando nuevos lagos. Fue un día de no sé qué año, no sé en qué camino de montaña. Estaba en el Pallars, con mi padre, volviendo al coche de una de las muchas excursiones que hacíamos cuando pronuncié las siguientes palabras: -"papa, quiero hacer más montaña". Fue como decir:-"con vosotros no tengo suficiente, un lago es un lago, pero quiero algo más que descubrir nuevos lagos, quiero ver que esconden estas paredes, estas crestas y todos los lugares donde no me lleváis". Y así, a los doce años, entré en el 3r grupo de iniciación de la UEC de Gracia.

Una escuela normal, un barrio normal, una ciudad normal, unas anécdotas también normales. Mi ocio también era normal. Habiendo practicado la natación durante 9 años, el inglés extraescolar otros tantos y descubriendo el mundo de las artes marciales, primero con el Hapkido y después con el Taekwondo, posiblemente lo único que me diferenciaba de mis compañeros de 15-16 años de aquella escuela, de mi barrio, de mi ciudad no eran las anécdotas, era que a mí me gustaba salir los fines de semana a la montaña, y eso, en aquel ambiente no era normal.

Pero, como siempre ha sido una constante en mi vida, anhelaba alguna cosa más, así que, un miércoles por la tarde de septiembre de 2005, una de tantas tardes que me fundía con la silla del ordenador para navegar y chatear con mis amigos y buscar un concierto para el fin de semana, entré en la página de la FEEC.
En verano había ido con una amiga a escalar el Naranjo de Bulnes, el "Urriellu", lo que había despertado mi curiosidad por aquello que llamaban "Centros de Tecnificación", una buena manera de alimentar mi ambición.
El primero que apareció al abrirse la pantalla fue el de escalada: las pruebas en diciembre. "Buf, ¿en diciembre? ¡Todavía falta mucho!"
El segundo fue el de alpinismo: mínimo 18 años. "-¿18? ¡Qué mierda, todavía no puedo entrar!"
El tercero y último fue el de esquí de montaña: "Ah, las pruebas son este fin de semana, déjame que piense? ninguna salida con la UEC, ningún concierto,? seguro que es mejor que quedarse en casa y aguantar a mis padres todo el fin de semana!"
En el viaje en tren que me llevaba hasta la Cerdanya mis pensamientos eran claros: "Si no me gusta el ambiente, me piro, si no me caen bien, me piro y si simplemente no me encuentro a gusto que les bomben!"
Dos años más tarde de este viaje en tren me plantaba en Font-Romeu, un pueblo situado a 1800m, en la Cerdanya francesa, a 15' en coche de Puigcerdá. Empezaba, en un lugar y en una lengua semidesconocidos, con Marc Pinsach y Kilian Jornet, una nueva aventura, mis estudios de STAP (un equivalente a INEF) en la especialidad de Deporte Adaptado.
Font-Romeu me brindó la posibilidad de estudiar y entrenar al mismo tiempo. Una gran suerte y una gran ventaja para practicar un deporte como el esquí de montaña.
Después de 3 años de estudio, de nuevo sentía que mi etapa allí se había acabado. Con un título universitario y con muchas más medallas de las que nunca había podido soñar en el bolsillo, mis "affaires" en Font-Romeu habían tocado techo, sentía en mi interior que alguna cosa más grande me estaba esperando y es que como mi madre siempre me dice "soy un espíritu libre", nunca me han convencido las rutinas y cuando tengo una inquietud la escucho.
Y la encontré, al final de una carretera muy empinada después de coger un camino de tierra de 50m, en un pequeño chalet de madera de 3 plantas. Si me giraba a la izquierda veía a Kilian, si me giraba a la derecha veía a Laeti, si levantaba la vista me deslumbraba el Mont Charvin, La Tournette i L'Étale y si miraba hacia atrás veía las huellas que yo misma había dejado sobre la nieve de La Clusaz. Empezaba mi camino de deportista profesional, sin grandes lujos, pero con mucha satisfacción.
"Resiliencia": Capacidad de un individuo para adaptarse ante las adversidades. Nunca he sabido adaptarme a las situaciones rígidas, a los gritos o los sonidos fuertes. Nunca he sabido hacer planes que no cambiasen cada día. Fruto de mi personalidad, de este "espíritu libre" de que tanto habla mi madre, como una pelota, antes que romperme prefiero rebotar. Y ahora cuando piso un restaurante me cuesta decidirme. Hay muchos platos que me gustaría probar, muchos lugares donde podría viajar y muchas vidas paralelas que podría llevar. Y yo me quedo con los pasos por la orilla del río embarrado, los partidos de fútbol entre la hierba alta y con una gran taza de chocolate cerca del fuego, si es aquí donde mi espíritu decide llevarme.
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